Ítaca te dio el bello viaje, sin ella no hubieras salido al camino | Francisco Ide

Ítaca te dio el bello viaje, sin ella no hubieras salido al camino (C. Kavafis)

Tras la ventana los ojos son boca. Labios modulan
palabras sobre manos como duraznos abiertos / maduros.
Piel sector manos pequeñas sobre manos. Abajo en su psiquis
jugaba un gato y se comunicaba conmigo. Lo cuidamos
durante años. Un día se escapó por el balcón del departamento
lo escuchamos varios días maullar entre los edificios hasta
no saber si escuchábamos o pensábamos que escuchábamos.
Maulló hasta que se lo comieron las avenidas o los pasajes
estrechos o el paisaje en general. Entonces nos citamos en una
banca de la plaza y lloramos y hablamos y hablamos hasta que
de pronto, por la cara de la gente, me di cuenta de que llevaba
mucho rato, horas, hablando solo. En ese parque comenzó
mi búsqueda.

En la ventana ojos inmensos verde extraño joyas finísimas
tocadas por luz / filtro inexplicable. Los miras, parece que
todo es verde. Todo verde. Su boca pequeña y labios delgados
modulan palabras breves semillas de manzana / hebras de té.
Su pelo negro piel manos pequeñas. En lo más profundo de
su psiquis dormía un zorro del desierto. Lo cuidé un tiempo.
Un día limpié la arena de sus pies. Luego todo era dunas
cubiertas de pisadas. Traté de seguir las huellas pensando que
me llevarían hasta ella, pero / innumerables / vastas formas
de perderse. Entonces pensé en los zorros del desierto y en la
forma en que los animales nos miran y se esconden. La mirada
de los animales es una especie de pensamiento sin lenguaje
que nos deja ante la total incertidumbre de lo que somos
para ellos, de lo que son para nosotros. Sigo pensando que las
huellas me llevarán hasta ella, aunque creo que si la encuentro
me mirará un segundo y se perderá de nuevo entre las dunas.
En esas dunas, en esa arena, comenzó mi búsqueda.

Por la ventana ojos / verde velado, molde o circunstancia
de la luz. Su boca es roja cuando guindas / labios modulan
palabras que en el aire se tornan frutos flotantes y redondos,
brillantes de almíbar o de otra forma molde circunstancia de
la luz. Su pelo amarillo piel manos tibias. En lo más profundo
–abajo– de su psiquis canta un ave con el pecho convulsionado.
Si tratas de tomarla en tus manos se escapa. Si la dejas libre
jaula. Un día hablamos como si estuviéramos en habitaciones
contiguas, cortados por una pared de concreto. En la mía no
había ventanas y la puerta era apenas mancha de humedad,
hematoma. En la suya ventanas y puertas y me habló hasta
que sentí que el ave de su psiquis se volvía inmensa, del
porte quizás de todo y lo único que escuchaba era un latido
estridente, un corazón inmenso latiendo desproporcionado,
volviendo el mundo, el aire del mundo, ese latido. Yo, por
supuesto, no podía pronunciar y los latidos de mi corazón eran
apenas un eco miserable de ese gran latido que acoplaba todo.
En un momento el pájaro escapó por la ventana y en adelante
hubo silencio. En esa habitación, en ese eco / mi búsqueda.

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