Piques | Germán Carrasco

Piques

Éramos de caminar eterno, todos.
Fue lo único que nos dejó Padre
del que no heredamos ni una máquina de afeitar.
Los dos cerros de Santiago
eran simples lomos de toro;
cruzábamos la ciudad con frecuencia
como quien cruza un mapa con regla y lápiz.
Al llegar a casa poníamos los pies
en un lavatorio con sal y agua tibia
Era de metal blanco con borde negro.
Un tío que iba al trabajo
sumergía una máquina de afeitar
en esa agua tibia con sal
donde yo ponía los pies luego de un pique
y se afeitaba rápido en un espejo
que había en el patio.

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