Neoliberalismo hardcore: Reseña en Círculo de Poesía

Germán Carrasco lee Recurso humano (Editorial Deriva, 2019), el primer libro del poeta chileno Héctor Lira. Sobre este libro escribe: “El poema es palabra en movimiento constante y, en ese sentido, estos poemas se montan como un polizonte sobre lo que llamamos la aceleración del sistema. Se convierten en su fantasma, a veces en su jinete, en la herrumbre de la máquina productiva/ especuladora que en su afán por lo nuevo y la renovación constante no tiene cuidado”.

Desde las entrañas del neoliberalismo hardcore

Recurso humano
Héctor Lira
Editorial Deriva
Santiago, 2019

Héctor Lira (Santiago de Chile, 1988) llegó una vez a un lugar donde compartíamos lecturas. Se bajó de un Audi y se presentó exactamente como lo que era: un ingeniero comercial que trabajaba en temas de consultoría en el mundo privado. Entre los demás había algún editor anarco y gente de latitudes completamente distintas. Almas que sólo pueden coincidir con camaradería en algo que los une como el mejor pegamento: el simple acto de leer poesía y compartirla. Esa mezcla de gente, esos puntos de encuentro entre personas tan distintas también suelen darse en dōjōs de artes marciales, espacios de meditación y en gimnasios de boxeo, espacios donde se pausan las diferencias.

Lector de filosofía y poesía, pero también por oficio de marketing y negocios, podía conectar y hablar con confianza de algo que a todos nos parecía lejano. Desde la médula del sistema neoliberal y su funcionamiento extraño, absurdo y finalmente poético. Mucho se ha escrito sobre la poesía como una especie de dinero (Gertrude Stein, Arturo Carrera o Gastón Carrasco). Después de todo, la poesía tiene que hablar de mundos y oficios diversos, tiene que estar ligada al mundo del trabajo. No es vitalista afirmarlo: la poesía tiene que ser necesariamente de terreno. Por eso una de las cosas más importantes en esas instancias donde se leen poemas y comparten opiniones es que lleguen ingenieros civiles con bototos de seguridad manchados de yeso, niñas programadoras e informáticas, juezas, curadores de arte, garzones y obreros.

Esa es una de las cosas valiosas de esos encuentros: que te hablen de un mundo que no conoces del todo y sobre el que generalmente hay prejuicios y estereotipos. Creo que la poesía –libre de la figura del autor como rockstar, libre de impostaciones, liviana, la poesía de uso– en los tiempos que vienen va a consistir en eso: en reunirse a leer clásicos, poesía under y creación propia desde distintas subjetividades.  La poesía va a existir quizás sólo en acción y en funcionamiento, en la coordinación de distintas subjetividades en talleres, pero talleres en el sentido más literal de la palabra: ahí donde hay que soldar, mancharse las manos con la grasa del poema, transformar en un acto zen la tarea de lijar por largos tiempo una superficie de madera, podar un jardín. Ojalá que luego de la pandemia y de un estallido social –afortunadamente sin líderes– demos un paso firme hacia formas colaborativas de creación, dejando definitivamente fuera de la fiesta la figura del autor, la figura del líder –político, guerrillero, empresarial, gurú o rockstar literario–.

En ese sentido, alguien que trabaja en las entrañas del neoliberalismo hardcore no es una subjetividad frecuente en este tipo de talleres, a priori, desde afuera, pareciera no poder desarrollarse una sensibilidad literaria desde ese lugar. Pero es justamente desde ese lugar y la crítica a ese lugar la arena de estos poemas. Véase por ejemplo la desolación feroz del hombre de negocios:

Nunca supe escapar de las escenas finales:

Un hombre cena solo, corta su carne y bebe una copa de vino.

Frente a él una silla vacía. A su alrededor el ruido de muchas familias que cenan y conversan, algunas risas adultas y chillidos de niños. Él siente en su paladar la textura del tiempo agujereado.

(“Hombre extraviado en un restaurante”)

La relación entre masculinidades y neoliberalismo, las vías posibles de cuestionar, sublimar, racionalizar y jugar con las energías masculinas, que aparecen manifiestas y puestas en tela de juicio, pero operativas en los poemas. Así aparece la figura del macho, del perro, del toro:

Un toro negro corre hacia mí

Lo siento en los puños

acorralado en mi mandíbula.

Evolucionar ha sido advertir

su acceso a mi presencia: la inevitable

expansión de sus cuernos

desde el interior de mi tórax.

//

Mataría al torero que ha convertido

al novillo en bestia.

(“Un toro negro corre hacia mí”)

Hasta cierto punto, para que la emancipación femenina se asiente finalmente y conquiste definitivamente los montones de escollos que quedan, los que deben cambiar son también los varones. Por eso quizás aparece en estos poemas ese subjetivo masculino exorcizado. Una especie de toro interno que aflora y que, en los días que corren, no sabemos cómo sublimar o dirigir. No sabemos cómo y buscamos de mil maneras sublimar cuando aflora como una parte de nosotros, como queda de manifiesto en el poema Llorar puede ser un juguete.

También está la figura del niño/hijo. Creo que las masculinidades están hace no tanto tiempo haciéndose cargo de ese tema. El Yakuza (2014) exiliado de Francisco Ide habla de hijos y lo hacen también las páginas más logradas del Facsímilde Zambra. Ide no tiene hijos y tampoco los tenía Zambra durante la escritura de Facsímil. Sin embargo, hay un par de páginas del libro en donde la imagen es tan vívida que, si uno no sabe nada del autor, juraría que esos autores tienen hijos. Lo mismo ocurre en estos poemas, aparece la figura del hijo, del niño cuya mirada limpia es, como sabemos, la del poeta, o a la que aspira el poeta:

Entre las cosas que hace un niño para sobrevivir

está también el jugar y colorear

todo ese blanco resplandor en la memoria.

Es un silencio tan inmenso.

Luego retroceder en el tiempo y perdonar

a tu versión más débil: un niño de cuatro años

que no sabe morir y observa con atención forense,

hipervigilante de la luz sobre todas las cosas.

(“Terapia”)

O, por ejemplo, en los versos en mi retina se proyecta / la infinidad de puestas de sol/ que nunca vi con mis padres, / que no veré con mis hijos (“Puesta de sol que no vi con ellos”).  Es ese sentimiento de orfandad profunda el que aparece en todos los poemas. De alguna manera somos huérfanos, o el neoliberalismo nos convierte rápidamente en huérfanos, ese sentimiento de vulnerabilidad también los subraya otros autores como Natalia Berbelagua y Mónica Zurita. Papá, al parecer, salió en viaje de negocios, pero anda a saber qué negocios.

Los poemas del libro de Lira tienen cierta opacidad que permite su relectura, diferentes horizontes interpretativos. No hay una postura rastreable a primera vista. Aunque la denuncia y el panfleto tengan en este momento libertad de circulación, puesto que hoy más que nunca hay que revalorar la literatura de batalla (el panfleto inteligente) hasta cierto punto sería ingenuo no hacerlo pues la época lo exige. Pero estos poemas se escribieron antes del estallido social chileno. Su politicidad reside en el plantear, cuestionar y sublimar algunas masculinidades en el escenario de la ciudad neoliberal. Se entrelazan imágenes que hablan simultáneamente de la fragilidad del cotidiano. Se habla, como dije antes, de la masculinidad y el capitalismo, pero desde lo físico, los poemas como contorsiones, como en estos versos:

¿Y alguien más ve

a esa enorme bestia que empuja

a esos hombres y mujeres

contra sí?

//

Por un lado, una recta de silencio

enterrada en el estómago, por el otro,

la expansión del universo

creciente en las costillas.

(“Traspasamos la ciudad”).

En ese sentido, el poeta se sitúa en una cuerda floja, en un muro divisorio, en un mirador –a veces en los rascacielos de una torre del distrito financiero de la ciudad– y reflexiona/grita desde ahí. A veces se mete en los ojos de un otro que desprecia, donde habla desde el lugar de un madman que mira desde su oficina a la gente caminar y los encuentra miserables: Desde mis rascacielos puedo contemplar / cómo el sol cae sobre los recursos humanos: / vienen desde algún lugar, como anodinas / monedas de carne arrojadas sobre la acera (“La ferocidad matemática del código financiero”). Otras veces, toma la voz de un macho rural, un viejo abusador que ha sido abandonado por su mujer, como en el poema “Macho de última edad.  O en el rol de un boxeador que articula un corazón roto a través de la sensación física de los golpes y la sangre:

Necesito sentir la sangre brotar de mis encías:

un golpe, un sorbo de mí

para la guerra,

un golpe, un sorbo de mí

para escupir 

los inagotables enemigos que me invaden

si te vas/ si no vuelves.

(“Sparring”).

Pero en otras ocasiones modula desde la voz de un niño pequeño, vulnerable casi por definición, como en el poema Cuando leí a Mistral donde usa la intertextualidad para hablar a su madre muerta, o a “la” madre muerta, que tiene mucho de naturaleza y geografía:

Entonces, nos quedará una madre imaginaria

que reside en su hijo treinta y tantos años después

– escóndeme que el mundo no me olvide –

Un corazón desértico con temporadas floridas,

un valle ácrono bajo el fresco lago del cielo

–  el olvido de Dios de tu infancia –.

Probablemente la espiritualidad mistraliana, tanto su presencia como su radical ausencia que fluye de un poema a otro permite un contraste que es en sí mismo otra imagen. En ese sentido, versos como el siguiente me recuerda la atmósfera del poema La Copa que aparece en Tala “¿Cuánto tiempo perdí en mi pose / de recipiente vacío / en espera de aguas dulces?”, pero esta vez desde la voz de un macho octogenario en Todo el óxido del mundo, una vez más, la amenaza de una espiritualidad perdida. Si hay algo que persiste es la mirada la naturaleza como elemento pacificador, pero a su vez, una naturaleza-madre en constante amenaza:

Si un bosque es talado y nadie lo escucha,

¿han caído sus árboles? Mientras el verdor

de mi césped no se extinga, qué importa

el silencio de los revoltosos espíritus verdes.

Le prohibiremos a la naturaleza jugar en sus flores,

la penetraremos y en sus frutos incubaremos negocios.

(“La ferocidad matemática del código financiero”)

Y es justamente en el último poema donde se asoma la confusa y oscura transición, la nostalgia por los futuros perdidos, la fusión de un hombre con su madre-naturaleza:

Cuando la mudanza incesante llegue hasta mí

y me despoje al fin de mi nombre, liberaré los seres

inviables que vivieron en mi más profunda sombra,

//

migrarán a otros ojos, arrugarán

otras carnes, brincarán como ninfas excitadas

entremedio de otras ropas, mirarán mi rostro 

y me dejarán atrás como a un planeta desolado. 

            //

O quizás debo dormirme 

en la línea entre el océano y la arena:

reforestar mi biografía 

con un último sueño de bosque.

(“Mi último sueño de bosque”)

En fin, Lira adopta diferentes lugares y posiciones en sus poemas, en un ejercicio de contorsiones donde hay una constante puesta en escena de una aparición-desaparición de sensibilidades, alejándose muchas veces del lector, marcando una distancia necesaria para que el otro contemple y realice su propia lectura, independiente del autor. A veces habla desde el lugar de lo que podría sería el American Psycho de Bret Easton Ellis, en otras ocasiones desde el protagonista disociado de Fight Club de Chuck Palahniuk, y luego aparece en la forma de un niño pequeño abandonado. En ese sentido, ofrece una cuota mínima de oscuridad o ambigüedad que permite más de una lectura, pero que, sobre todo, no cede a la demanda de posiciones claras y contrastes obvios. No hay ninguna moraleja, solo imágenes. Bienvenido sea.