Priscila

Esa mujer tiene cara de Priscila.
Con ese peinado su cabeza parece un animal
de sonoridades extrañas.

La inteligencia rodea su cuerpo como placenta fresca.
Pero ella fijó sus ojos en mí una tarde
cuando los edificios amenazaban.

Los carteles lucían oscuros, detrás estaba el sol.
En la lentitud de abril es normal detectar ventanas rotas
y ver en el futuro un arma cargada.
Un revólver de muchos destellos.

Llamaré al cielo tal cual lo observe, Priscila.
Y en los cambios será un grito fugitivo
hasta que mi boca se vuelva ágil y lo rebane: excéntrico, ansioso
delgado como una línea fuera del jardín.

Esos terrenos deshabitados distorsionan mi realidad.
Al imaginarlos están menos solos y yacen en su tragedia
–intocables como un frío omnipresente.