Last Days

Últimos días

“Era de esperar”.
Eso escribió él. Al día siguiente,
en la consulta médica,
la hematóloga de Jane, Letha Mills, se sentó,
rígida; su asistente, de pie,
con su espalda hacia la puerta.
“Tengo noticias terribles,”
dijo Letha. “La leucemia ha vuelto.
Ya no hay nada qué hacer.”
Los cuatro lloraron. Él preguntó
cuánto tiempo, ¿por qué ahora?
Jane sólo preguntó: “¿Puedo morir en casa?”

En casa, esa misma tarde
tiraron juntos las medicinas a la basura.
Jane vomitó. Él con sus ojos llorosos
mientras ella con sus ojos ya secos – callada,
tratando de no pensar. Por la noche
él tomó el teléfono para hacer
llamadas que trajeron
a un niño o a un amigo al horror.

A la mañana siguiente,
trabajaron seleccionando sus poemas
para Otherwise, eligieron
himnos para su funeral, se ayudaron
con palabras mientras redactaban
su obituario. El día después,
trabajaron más en el libro,
él vio la vio débil,
le dijo quizás no ahora; quizás
más tarde. Jane sacudió la cabeza: “Ahora,
tenemos que terminarlo ahora.”
Más tarde, mientras se dormía, exhausta
ella dijo, “¿No fue divertido?
Trabajar juntos, ¿no fue divertido?”

Él le preguntó, “¿Con qué ropa
te vestiremos cuando te enterremos?”
“No lo había pensado,” dijo ella.
“Qué tal aquel Salwar Kameez
blanco” dijo él –
su vestido de seda hindú favorito
que compraron en Pondicherry
hace un año y medio, aquella
selecta prenda que usaría para siempre
para verse aún más hermosa.
Ella sonrió. “Sí. Excelente,” dijo.
Él no le contó que un año antes,
Mientras soñaba despierto,
la había visto en el ataúd con ese mismo vestido.

Pero él no podía parar
de planificar todo. Aquella noche se le escapó:
“¡Cuando Gus muera lo cremaré
y esparciré sus cenizas
sobre tu tumba!” Ella rio
y sus grandes ojos se aceleraron
mientras asentía: “Será bueno
para las margaritas.” Luego se recostó pálida
sobre las almohadas floridas:
“Perkins, ¿cómo se te ocurren estas cosas?”

Hablaron sobre sus
aventuras juntos – manejando por Inglaterra
recién casados
y las excursiones a China e India.
También recordaron
los días ordinarios – veranos en el lago,
trabajando juntos los poemas,
paseando al perro, leyendo a Chekhov
en voz alta. Entonces añoró
los miles de compromisos que los condujeron
al éxtasis y reposo
en esta cama pintada, Jane estalló en lágrimas
y gritó dos veces: “¡Nunca más haremos el amor!”

Durante las tres noches previas
a su muerte, incontinente, Jane necesitó
que la llevaran al baño.
Él la limpiaba y ayudaba a volver a la cama.
Luego a las cinco dio de comer al perro
y regresó para encontrarla al otro lado del cuarto,
sentada en una silla.
Si no podía levantarse, ¿cómo pudo caminar?
Él temió que ella se cayera
y llamó a una ambulancia,
pero cuando le dijo a Jane,
ella torció su boca y comenzó a llorar.
“¿Tenemos que hacerlo?” Él canceló la ambulancia.
Jane dijo, “Perkins, debes estar conmigo cuando muera.”

“Morir es simple”, dijo ella.
“Lo que es peor es…la separación.”
Cuando ella dejó de hablar,
se quedaron juntos, tocándose,
y ella se fijó en él
sus hermosos, enormes y redondos ojos cafés,
brillando, sin parpadear,
llenos de amor y espanto.

Uno por uno llegaron,
viejos y queridos amigos a decir adiós
a esta gran amiga del alma.
Al principio ella decía sus nombres,
lloraba y los tocaba;
después sonreía, después
elevaba una comisura de su boca. El último día
tuvo despedidas silenciosas
con sus manos entrelazadas
y sus ojos abiertos de par en par.

Él se levantó y fue hacia
donde ella miraba. Le dijo
“Pondré estas cartas
en el buzón.” Ella no había hablado
por tres horas, entonces Jane dijo
sus últimas palabras: “OK.”

A las ocho, esa noche, sus ojos abiertos
hasta que murió, respiraba por reflejo.
Él se inclinó para besar
de nuevo sus pálidos y fríos labios,
para sentirlos una última vez juntarse
e hincharse para un último beso.

En las horas finales ella mantuvo
sus brazos alzados, sus pálidos dedos
al nivel de la mejilla,
como la estatua de la diosa sobre el lavamanos.
Algunas veces su puño derecho latigueaba
con espasmos hacia su rostro. Durante las doce horas
hasta que ella murió él frotó la larga y huesuda nariz
de Jane Kenyon. Un agudo, casi dulce
aroma se elevó desde su boca abierta.
Él observó su pecho aquietarse y con el pulgar
cerró sus enormes ojos marrones.

Traducción de Héctor Lira


Last Days

“It was reasonable
to expect.” So he wrote. The next day,
in a consultation room,
Jane’s hematologist Letha Mills sat down,
stiff, her assistant
standing with her back to the door.
“I have terrible news,”
Letha told them. “The leukemia is back.
There’s nothing to do.”
The four of them wept. He asked how long,
why did it happen now?
Jane asked only: “Can I die at home?”

Home that afternoon,
they threw her medicines into the trash.
Jane vomited. He wailed
while she remained dry-eyed – silent,
trying to let go. At night
he picked up the telephone to make
calls that brought
a child or a friend into the horror.

The next morning,
they worked choosing among her poems
for Otherwise, picked
hymns for her funeral, and supplied each
other words as they wrote
and revised her obituary. The day after,
with more work to do
on her book, he saw how weak she felt,
and said maybe not now; maybe
later. Jane shook her head: “Now,” she said.
“We have to finish it now.”
Later, as she slid exhausted into sleep,
she said, “Wasn’t that fun?
To work together? Wasn’t that fun?”

He asked her, “What clothes
should we dress you in, when we bury you?”
“I hadn’t thought,” she said.
“I wondered about the white salwar
kameez,” he said –
her favorite Indian silk they bought
in Pondicherry a year
and a half before, which she wore for best
or prettiest afterward.
She smiled. “Yes. Excellent,” she said.
He didn’t tell her
that a year earlier, dreaming awake,
he had seen her
in the coffin in her white salwar kameez.

Still, he couldn’t stop
planning. That night he broke out with,
“When Gus dies I’ll
have him cremated and scatter his ashes
on your grave!” She laughed
and her big eyes quickened and she nodded:
“It will be good
for the daffodils.” She lay pallid back
on the flowered pillow:
“Perkins, how do you think of these things?”

They talked about their
adventures – driving through England
when they first married,
and excursions to China and India.
Also they remembered
ordinary days – pond summers, working
on poems together,
walking the dog, reading Chekhov
aloud. When he praised
thousands of afternoon assignations
that carried them into
bliss and repose on this painted bed,
Jane burst into tears
and cried, “No more fucking. No more fucking!”

Incontinent three nights
before she died, Jane needed lifting
onto the commode.
He wiped her and helped her back into bed.
At five he fed the dog
and returned to find her across the room,
sitting in a straight chair.
When she couldn’t stand, how could she walk?
He feared she would fall
and called for an ambulance to the hospital,
but when he told Jane,
her mouth twisted down and tears started.
“Do we have to?” He canceled.
Jane said, “Perkins, be with me when I die.”

“Dying is simple,” she said.
“What’s worst is… the separation.”
When she no longer spoke,
they lay along together, touching,
and she fixed on him
her beautiful enormous round brown eyes,
shining, unblinking,
and passionate with love and dread.

One by one they came,
the oldest and dearest, to say goodbye
to this friend of the heart.
At first she said their names, wept, and touched;
then she smiled; then
turned one mouth-corner up. On the last day
she stared silent goodbyes
with her hands curled and her eye stuck open.

Leaving his place beside her,
where her eyes stared, he told her,
“I’ll put these letters
in the box.” She had not spoken
for three hours, and now Jane said
her last words: “O.K.”

At eight that night,
her eyes open as they stayed
until she died, brain-stem breathing
started, he bent to kiss
her pale cool lips again, and felt them
one last time gather
and purse and peck to kiss him back.

In the last hours, she kept
her forearms raised with pale fingers clenched
at cheek level, like
the goddess figurine over the bathroom sink.
Sometimes her right fist flicked
or spasmed toward her face. For twelve hours
until she died, he kept
scratching Jane Kenyon’s big bony nose.
A sharp, almost sweet
smell began to rise from her open mouth.
He watched her chest go still.
With his thumb he closed her round brown eyes.