I limoni

Los limones*

Escúchame, los grandes poetas
solo se mueven entre plantas
de nombres inusuales: bojes, ligustros o acantos.
Yo prefiero los caminos
que conducen a zanjas rodeadas de hierba
donde unos jovencitos juegan a pescar
una anguila raquítica en un charco que se seca:
los senderos que bordean las quebradas
descienden entre las matas de cañas
y llegan hasta las huertas, entre árboles de limones.

Mejor aún si el ruido de los pájaros
es devorado por el cielo:
más nítido sería el susurro en el aire
de las ramas amigas que casi no se mueven,
más fácil sería percibir este olor
que no sabe desatarse de la tierra
y cae e inunda el pecho de dulzura inquieta.
Aquí, las lejanas pasiones
de la guerra callan por milagro,
aquí también nos toca a los pobres
nuestra parte de riqueza:
el olor de los limones.

Mira, es en estos silencios cuando las cosas
se abandonan y parecen al límite
de confesarnos su último secreto,
a veces esperamos descubrir
un fallo de la Naturaleza,
el punto muerto del mundo, el eslabón roto,
el hilo que una vez desenredado
nos sitúa en el centro de una verdad.
Los ojos hurgan a su alrededor
y la mente indaga, une, deshace
mientras un sinfín de perfumes
se expande hasta el ocaso.
Es en los silencios cuando podemos ver
en cada sombra humana que se aleja
una deidad perturbada.

Mas la ilusión se acaba y el tiempo nos empuja
a la estrepitosa ciudad donde el azul se muestra
a pedazos, en lo alto, entre las cornisas.
Luego, la lluvia sofoca la tierra; se acumula
el tedio del invierno sobre las casas,
la luz se torna egoísta – flaquea el alma.
Hasta que un día se asoma, a través de un portón
entreabierto, el amarillo de los limones;
y se derrite el hielo del corazón,
y en nuestros pechos
las trompetas doradas del sol
truenan sus canciones.

* Traducción de Héctor Lira y Carla Galvany


I limoni

Ascoltami, i poeti laureati
si muovono soltanto fra le piante
dai nomi poco usati: bossi ligustri o acanti.
lo, per me, amo le strade che riescono agli erbosi
fossi dove in pozzanghere
mezzo seccate agguantanoi ragazzi
qualche sparuta anguilla:
le viuzze che seguono i ciglioni,
discendono tra i ciuffi delle canne
e mettono negli orti, tra gli alberi dei limoni.

Meglio se le gazzarre degli uccelli
si spengono inghiottite dall’azzurro:
più chiaro si ascolta il susurro
dei rami amici nell’aria che quasi non si muove,
e i sensi di quest’odore
che non sa staccarsi da terra
e piove in petto una dolcezza inquieta.
Qui delle divertite passioni
per miracolo tace la guerra,
qui tocca anche a noi poveri la nostra parte di ricchezza
ed è l’odore dei limoni.

Vedi, in questi silenzi in cui le cose
s’abbandonano e sembrano vicine
a tradire il loro ultimo segreto,
talora ci si aspetta
di scoprire uno sbaglio di Natura,
il punto morto del mondo, l’anello che non tiene,
il filo da disbrogliare che finalmente ci metta
nel mezzo di una verità.
Lo sguardo fruga d’intorno,
la mente indaga accorda disunisce
nel profumo che dilaga
quando il giorno piú languisce.
Sono i silenzi in cui si vede
in ogni ombra umana che si allontana
qualche disturbata Divinità.

Ma l’illusione manca e ci riporta il tempo
nelle città rurnorose dove l’azzurro si mostra
soltanto a pezzi, in alto, tra le cimase.
La pioggia stanca la terra, di poi; s’affolta
il tedio dell’inverno sulle case,
la luce si fa avara – amara l’anima.
Quando un giorno da un malchiuso portone
tra gli alberi di una corte
ci si mostrano i gialli dei limoni;
e il gelo dei cuore si sfa,
e in petto ci scrosciano
le loro canzoni
le trombe d’oro della solarità.

Poema de Eugenio Montale (Italia, 1896 - 1981) publicado en Ossi di seppia (1925).
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