The Knowing

Cómplice*

Una vez despiertos,
superado el sopor del paraíso, nos miramos
uno al otro de forma interminable.

No sé qué verá él, pero yo veo
unos ojos de calma y ternura
insuperable, una tranquilidad como la dignidad
de la materia. Amo el océano abierto
azul-verde-gris de su iris, amo
su curvatura contra lo blanco,
la curva que al mirarla me hace correrme,
cuando está casi quieto, hundido
dentro de mí. Nunca vi una curva
como esa, salvo la de la Tierra
desde el espacio exterior. No sé de dónde
saca esa amabilidad sin egoísmo,
libre de sí, todavía eligió
a una única mujer de entre todas.

Conocerlo es conocer
la pureza del animal
que se queda para siempre. A veces sonríe
y me descubre mientras lo miro
con el rostro del todo iluminado. Amo ver
cómo se transforma si lloro – no hay inquietud,
ni pena ni riesgo de estallar. Si estamos
de espaldas, acostados uno junto al otro, cara a cara,
puedo oír cómo una lágrima de mi párpado inferior
cae contra la sábana, como si fuese
uno de los primeros días sobre la tierra,
y desde mi párpado superior se desliza
una lágrima por mis pestañas
cual invención del arado y el riego
para quien se asienta tras una vida nómade.

Soy tan afortunada de conocerlo.
Esta es la única manera de conocerlo.
Yo soy la única que lo conoce.

Cuando vuelvo a despertar, sus ojos sobre mí
como si él fuera eterno. Durante una hora
dormitamos juntos, poco a poco sé que,
aunque estamos saciados, aunque apenas
nos rozamos, este es el orgasmo
después del orgasmo, – nos adentramos
más y más profundo, mirada contra mirada,
aquí, en este lugar más allá de otros lugares,
más allá del cuerpo mismo, hacemos
amor.

*Traducción de Héctor Lira


The Knowing

Afterwards, when we have slept, paradise-
comaed and woken, we lie a long time
looking at each other.

I do not know what he sees, but I see
eyes of surpassing tenderness
and calm, a calm like the dignity
of matter. I love the open ocean
blue-grey-green of his iris, I love
the curve of it against the white,
that curve the sight of what has caused me
to come, when he’s quite still, deep
inside me. I have never seen a curve
like that, except the earth from outer
space. I don’t know where he got
his kindness without self-regard,
almost without self, and yet
he chose one woman, instead of the others.

By knowing him, I get to know
the purity of the animal
which mates for life. Sometimes he is slightly
smiling, but mostly he just gazes at me gazing,
his entire face lit. I love
to see it change if I cry-there is no worry,
no pity, no graver radiance. If we
are on our backs, side by side,
with our faces turned fully to face each other,
I can hear a tear from my lower eye
hit the sheet, as if it is an early day on earth,
and then the upper eye’s tears
braid and sluice down through the lower eyebrow
like the invention of farmimg, irrigation, a non-nomadic people.

I am so lucky that I can know him.
This is the only way to know him.
I am the only one who knows him.

When I wake again, he is still looking at me,
as if he is eternal. For an hour
we wake and doze, and slowly I know
that though we are sated, though we are hardly
touching, this is the coming the other
coming brought us to the edge of-we are entering,
deeper and deeper, gaze by gaze,
this place beyond the other places,
beyond the body itself, we are making
love. 

Poema de Sharon Olds (Estados Unidos, 1942) publicado en The Dead and the Living (1984).
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